Según el diccionario de la Lengua Española, la palabra delinquir signitfica cometer un delito, atentar. Y atentar es equivalente a actuar contra la ley, contravenir, vulnerar, en oposición a cumplir, respetar.
Promulgar una ley implica anunciar, difundir, divulgar, proclamar, propagar. Y cuando se trata de una ley sustantiva, como la Constitución de la República, esta acción adquiere una rango de seremoniosa solemnidad.
En el caso que nos ocupa, esta suntuosidad adquirió tinte parafernalio. Se eligió una fecha emblemática, 26 de enero, y se hizo superior gala de “expresión trascendente”. En el fondo se buscaba ocultar el primer fraude: el desconcimiento al soberano, El Pueblo, que había reclamado una asamblea Constituyente y no una Revisora.
En el solemne acto de promulgación, el presidente de la República sobredimencionó la importancia de la nueva Constitución. Le asignó tamaño de acontecimiento histórico y adelantó algunos jucios que hoy cobran sobrada pertinencia.
Dijo Leonel Fernández: “ La importancia de la Constitución en cualquier país del mundo, radica en que establece una limitación al ejercicio del Poder y fija las reglas del juego para el funcionamiento de la democracia y la convivencia civilizada ente los integrantes de un conglomerado social.
En ausencia de esas reglas de juego, asumidas y respetdas por todos, ninguna nación podría
sobrevivir, por la sencilla razón de que lo que reinaría sería el casos, la inestabilidad, el abuso, y la desprotección de los ciudadanos en el ejercicio de sus derechos”.
Es comprensible que cualquier ciudadano, ajeno al dominio de las leyes, pueda contravenir su contendio con lo cual se expone a las sanciones que los códigos preestablecen. Lo que es imperdonable es que el atentado provenga de los propios poderes que dieron génesis, forma y corporeidad al texto que hoy violentan sin reparos.
El deprimente espectáculo del presidente de la República llamando abiertamente a su repostulación, días después de promulgada la nueva Constitución, sabiendo que está impedido por ella. El abanderamiento del presidente de la Cámara de Diputados, incapaz de respetar, siquiera, la significación de su investidura, nos dice que estamos emboscados por el poder delincuencial.
Poder que desconoce, adrede, los límites entre los cuales actúa y que los viola conscientemente amparado en la fuerza, en la arbitrariedad.
Ratifica, además, que la retórica del presidente, como siempre, no es más que gala de disertante, recipiente vacío, bouquet de flores plásticas, cenizas. Como no tiene respeto por sus propias palabras, confiando en que la memoria colectiva sufre de alhzaimer, él mismo se ha encargado de augurar los peligros que corre.
La ambición parece no advertirle que en ausencia del respeto por las reglas de juego que ellos mismos impusieron, derivando el abuso descarado, pone en riesgo la democracia y presagia el caos, la inestabilidad, y la gobernabilidad misma.
“La eliminación de la arbitrariedad y el abuso de poder”, según el Presidente Fernández, son indiscutibles aributos de la nueva constitución, pero esto carece de significación como letra muerta de un texto petrificado, pues son, precisamente la arbitrariedad y el abuso de poder las únicas divisas en que se sustentan los actos delincuenciales de los representantes del Podr Ejecutivo y el Poder Legislativo.
El artículo 73 de esta constitución reza” Son nulos de pleno derechos los actos de la autoridad usurpada, las acciones o decisiones de los poderes públicos e instituciones o personas que alteren o sbviertan el orden constitucional,toda decisión acordada por requicisión de las Fuerzas Armadas”
El poder delincuencial, en las personas que actúan desde el poder, altera y subvierte, manifiestamente, el orden constitucional. Son pasibles de sanciones ejemplares, de cárcel, inclusive,
pero como el PLD controla todo, sería perder el tiempo pedirle a la Suprema Corte de Justicia que actúe en consecuencia.
Cerrados los caminos,” los que no busquen consejos en sus líderes políticos o hallen salida de resignación, harán uso del derecho a la rebelión”, tal como establece el excelente artículo del columnista Rafael Acevedo, en el Periódico Hoy(6-4-11)
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